Ballena Azul Humana

Mi primer encuentro con una ballena azul fue en un Cessna volando a gran altura. Estaba tomando fotos aéreas para el libro El golfo de California: Un mundo aparte. Ese día, la piloto (mi querida amiga Sandy Laham) me señaló varias de estas ballenas. En mi mente siguen grabadas las imágenes del magnífico tamaño de sus colas. Después de un rato me señaló dos jorobadas. No podía creer su tamaño: parecían pequeños cerditos.

El año siguiente regresé al golfo de California por invitación de Diane Gendron —otra extraordinaria mujer e investigadora de ballenas azules— a un viaje para ver estos enormes cetáceos. Sentir y oír una ballena azul de cerca es una de mis experiencias más inolvidables. Desde entonces he regresado por lo menos diez veces a estas aguas en busca de ballenas azules. Como dice Diane, “estos gigantes me conmovieron”. El año pasado hice un viaje al Antártico y visité algunas de las estaciones balleneras del siglo XX en las islas de Georgia del Sur. Ahí pude ver muchas imágenes históricas de esta industria que generó una cifra de más de un millón de ballenas cazadas en estas aguas por el hombre. Regresé con un sentimiento de tristeza consciente de por qué era casi imposible encontrarse con una ballena azul en este rincón remoto del mundo.

Ver diez o más ballenas azules en un solo día es uno de los más grandes privilegios de México. Hace mucho que me di cuenta de la necesidad de hacer un compromiso ya que entendí que nosotros que hemos tenido estas experiencias y encuentros debemos ayudar a conservar estas maravillas de la naturaleza.

Por eso concebimos la ballena azul humana, para ayudar a conservar sus corredores marinos en el golfo de California y asegurar que estos no peligren a causa del desarrollo humano. Pasaron casi dos años antes de que la idea de una ballena humana de 28 metros de largo alcanzara su imagen final. Debo reconocer que la inspiración se la debo en parte a un colega que hace varios años creó, hilvanando varias imágenes, en una sola y poderosísima imagen de un secuoya gigante. Para mí era esencial tener la escala humana en perspectiva para mostrar la magnitud de este gran animal y es por ello que necesitaríamos 46 cuerpos para crear su silueta.

Para transmitir un enérgico mensaje, decidí realizar este ritual en las aguas del golfo de California donde estas enormes ballenas llegan año tras año para reproducir y alimentarse.

La ciudad de La Paz fue el lugar lógico para convocar a los futuros participantes. Mi buena amiga Ana Ezcurra me ayudó de muchas maneras, y después de reflexionar, decidimos sólo invitar a mujeres para crear una ballena azul hembra. El poder de este simbolismo se centra en el hecho de que la hembra de la especie es más grande que el macho y que algunas de ellas llegan a estas aguas a parir.

La idea fue aplaudida por Diane Gendron, quien de inmediato se unió no sólo como participante, sino ofreciendo muy buenos consejos y diciéndonos el tamaño y las medidas de la hembra más grande documentada por ella en el golfo de California.

Escogimos el mes de octubre (2011) para la sesión fotográfica porque es cuando las aguas de la bahía de La Paz son más cálidas y más claras. El único problema que podríamos enfrentar en esa época del año sería la presencia de aguas malas. El día de la sesión, el buzo de seguridad atrapó una muy venenosa carabela portuguesa.

Tres días antes de la sesión fotográfica propiamente dicha, me sentía muy nervioso porque sólo se habían inscrito 30 participantes. Visité La Paz muchas veces para dar pláticas acerca de la ballena humana. Varios amigos me ayudaron, permitiéndome usar sus espacios para interesar e invitar a participantes potenciales, entre ellos Lucía Frausto en su espacio cultural Galería Galería, y Carlos Sánchez, quien me presentó con sus estudiantes de ciencias marinas de la UABC. La noche antes de la sesión hicimos una prueba en la playa cerca del centro de La Paz con el propósito principal de posicionar a cada participante en la formación. Más de 50 mujeres se inscribieron gracias a Julieta Goldin, quien ayudó con algunos de las cuestiones delicadas. Así, la ballena azul humana sería posible.

Sin embargo, había otros dos asuntos que tendría que resolver. Esta sesión fotográfica sería la tercera vez que tomaría fotos subacuáticas y, si mal no recuerdo, la décima que utilizaba equipo de buceo. Por eso invité a dos grandes amigos y magníficos fotógrafos subacuáticos para que me ayudaran con esto: Octavio Aburto y Roberto Chávez. Ese mismo día decidimos que los tres tomaríamos fotos de la ballena azul humana.

Alquilamos un barco y navegamos más de una hora a las aguas cercanas de la isla Espíritu Santo, una de las zonas protegidas más bellas de México, donde anclaríamos y tomaríamos las fotos. Durante el trayecto, tomé fotos de todas las participantes y su espíritu me ayudó a lograr algunas de las expresiones más encantadoras e intrigantes.

El apoyo de mi esposa Patricia fue muy importante. Yo sé que como médica, les dio seguridad a las participantes durante la toma de las fotos, y junto con Jaime Rojo, coordinaron la forma de la ballena desde arriba del agua. Jaime y Neil Osborne, dos jóvenes y extraordinarios fotógrafos, también estuvieron a cargo de captar la historia en video y audio.

Ese día realizamos tres ejercicios durante los cuales las participantes formaron la silueta de la ballena sobre la superficie del agua, y sabíamos que el último sería el mejor ya que el sol estaría mucho más bajo, lo que nos permitiría tener mayor definición en cada imagen. Esa tarde, 59 mujeres se mantuvieron inmóviles sobre la superficie del agua durante más de 40 minutos. Se podía sentir la energía de todos los cuerpos actuando como uno solo. Después de tomada la última imagen, me acerqué para agradecer a todas por uno de los momentos más memorables de mi vida.

La ballena azul humana estaba embarazada: una de las participantes, Cecilia Paola Espinosa, esperaba una niña, un hecho muy simbólico en este ritual.

Fue esencial incluir en esta labor las amenazas a las ballenas azules, entre las cuales la mayor son las coliciones entre grandes barcos y las ballenas en sus rutas oceánicas. Sin embargo, escogí un accidente menos frecuente causado por nosotros los humanos que es cuando estos animales quedan atrapados en las redes de deriva. Podrán ver la silueta muy gráfica de una red en la cola de la ballena azul humana.

Con la ayuda de Larha Baca, se hilvanaron 190 fotografías para producir la imagen final, lo que tomó más de 50 horas frente a una computadora.


Agradecimientos

El artista quisiera agradecer a las 59 mujeres participantes por su disposición y compromiso para con la creación de esta obra, y también a las siguientes personas e instituciones sin quienes la Ballena Azul Humana no habría sido posible:

Octavio Aburto, Fátima Andrade, Larha Baca, Alberto Beylán, Juan Carlos Burgoa, Fernando Calderón, Roberto Chávez, Yolanda Cortés, Tania Escobar, Ana Ezcurra, Lucía Frausto, Fondo Dolores y Javier Robles Gil, Diane Gendron, Julieta Goldin, Sandra Laham, Elena León, Timoteo Means, Regina Noriega, Neil Osborne, Fermín Reygadas, Earl Richmond, Sandra Robles Gil, Jaime Rojo, Patricia Rojo, Elena Rosas, Carlos Sánchez, Maria Teresa Solomons, Luis Fueyo y Francisco Álvarez de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, Contralmirante Rodolfo Cañedo y Jesús Robles de la Secretaría de Marina de México, Ricardo Medina de Unidos para la Conservación, y la Universidad Autónoma de Baja California Sur.